Heinrich Zimmer. Mitos y símbolos de la India

Esta sección está dedicada al eminente indólogo y mitólogo Heinrich Zimmer. Para saber quién era Zimmer os ofrezco unos datos de su biografía, tomados de esta página: Datos biográficos; en ella también podréis descargaros su obra cumbre: Filosofías de la India: Heinrich Zimmer nació en Alemania en 1890. Estudió Sánscrito y Lingüística en la Universidad de Berlín, donde se graduó en 1913. En Heidelberg ejerció más tarde la dirección en Filología India, y escribió ahí importantes trabajos en su área. En 1938 quedó cesante por orden del régimen nazi y emigró primero a Londres, enseñando en Balliol Collegue, Oxford, y en 1942 a New Cork, en la Universidad de Columbia, falleciendo en 1943, cuando se hallaba en el punto más alto de su trayectoria intelectual. Entre sus métodos figura el estudio de las imágenes religiosas como vía de transformación psíquica interior. Su profundo y vasto conocimiento de la mitología hindú y de la filosofía india en general, especialmente de los aportes puránicos y tántricos, le produjo valiosos reconocimientos por contemporáneos y posteriores, tales como Joseph Campbell y el propio Carl Gustav Jung. Es autor entre otras obras de Mitos y Símbolos de la India y El Rey y el Cadáver (cuentos, mitos y leyendas sobre la recuperación de la integridad humana), siendo esta última y Filosofías de la India preparadas para su publicación por Joseph Campbell, a partir de las extensas anotaciones dejadas a su muerte por Zimmer.

Los dos primeros textos que voy a presentar aquí pertenecen a su obra Mitos y Símbolos de la India:

Mediante prolongadas austeridades y prácticas devocionales, Narada se había ganado la gracia de Visnu. El dios se apareció al santo en su retiro y le concedió un deseo. “Muéstrame el poder mágico de tu Maya”, pidió Narada, y el dios le contestó: “Así lo haré. Ven conmigo”; aunque otra vez con esa ambigua sonrisa de sus labios hermosamente curvados. De la sombra placentera del bosquecillo que protegía al ermitaño, Visnu condujo a Narada por una pelada extensión de tierra que ardía como el metal bajo el resplandor despiadado de un sol que abrasaba. No tardaron los dos en sentir sed. A cierta distancia, en medio de la luz cegadora, divisaron las techumbres de paja de una minúscula aldea. Visnu preguntó: “¿Quieres ir allí a traerme agua?”. -Por supuesto, oh Señor -replicó el santo; y se dirigió al lejano grupo de cabañas. El dios se tumbó a la sombra de un peñasco a esperar su regreso. Cuando Narada llegó a la aldea, llamó a la primera puerta. Le abrió una hermosa doncella y el santo experimentó algo que hasta entonces jamás había imaginado: el encanto de sus ojos. Parecían los de su divino Señor y amigo. Se quedó mirándolos: se le olvidó, sencillamente, a qué había ido. La muchacha, dulce y candorosa, le dio la bienvenida. Su voz fue un lazo de oro alrededor del cuello de él. Como en un sueño, Narada cruzó el umbral. Los de la casa le saludaron con gran respeto, aunque sin mostrarse tímidos en absoluto. Le acogieron honrosamente como a un hombre santo, aunque en cierto modo no como a un extraño, sino más bien como a un anciano y venerable conocido largo tiempo ausente. Narada permaneció con ellos, impresionado por la alegre y noble actitud, y sintiéndose enteramente a gusto. Nadie le preguntó a qué había venido; parecía que pertenecía a la familia desde tiempo inmemorial. Y transcurrido un tiempo, pidió permiso al padre para casarse con la muchacha, lo cual no era sino lo que todos estaban esperando. Se convirtió en miembro de la casa y compartió con ellos las eternas cargas y los placeres sencillos de una familia campesina. Transcurrieron doce años; tuvo tres hijos. Al morir su suegro se convirtió en cabeza de familia, heredando la propiedad y dirigiéndola, cuidando el ganado y cultivando los campos. En el duodécimo año, la estación lluviosa fue extraordinarimente violenta: los ríos crecieron, los torrentes se precipitaron ladera abajo, y un súbito desbordamiento inundó la aldea. Durante la noche se llevó las cabañas de paja y el ganado, y todo el mundo tuvo que huir. Sujetando a su mujer con una mano, guiando con la otra a dos de sus hijos, y cargando con el más pequeño al hombro, Narada emprendió su marcha a toda prisa. Avanzando en la más completa oscuridad y azotado por la lluvia, caminaba por el lodo resbaladizo, se tambaleaba en las aguas turbulentas. Era una carga más grande de la que podía llevar, con la corriente empujándole las piernas. Una de las veces, al dar un traspié, se le cayó el niño del hombro y desapareció en la oscuridad rugiente. Con un grito desesperado Narada soltó a los dos mayores para coger al pequeño, pero fue demasiado tarde. Entretanto, la riada arrastró rápidamente a los otros y, antes incluso de que se diese cuenta de la tragedia, arrancó de su lado a su mujer, le hizo perder pie a él, y lo arrojó de cabeza al torrente como un tronco. Inconsciente, Narada fue a encallar por último en una pequeña escarpadura. Cuando volvió en sí, abrió los ojos y vio una inmensa capa de agua fangosa. Fue incapaz de hacer otra cosa que llorar. -¡Hijo! -oyó una voz familiar que casi le paralizó el corazón- ¿dónde está el agua que habías ido a traerme? Llevo esperando más de media hora. Narada se volvió. En vez de agua, vio el brillante desierto bajo el sol del mediodía. Descubrió al dios de pie, a su espalda. Las curvas crueles de su boca, todavía sonriente, se abrieron en una suave pregunta: -¿Comprendes ahora el secreto de mi Maya?.

Mitos y símbolos de la India, H. Zimmer (ed. Siruela)

Hay una graciosa parábola judía en la tradición de los hassidim (éste es el texto con el que quiero concluir) que plasma en una imagen elocuente cuál es el sentido último para el protagonista de una aventura esforzada y liberal en los mundos «gentiles» de la fe y de la vida. Cuando la leí por primera vez, hace diez años, comprendí que había estado viviendo y actuando de acuerdo con ella durante una década: desde que empezó a revelárseme el tesoro milenario y espiritual de los mitos y los símbolos hindúes a través de mis estudios académicos de los sagrados diagramas y mandala indios, juntamente con mi investigación sobre los tantra y los purana. Se trata de una anécdota que se cuenta del rabí Eisik, hijo del rabí Jekel, que vivía en el ghetto de Cracovia, capital de Polonia. Había permanecido firme en su fe a lo largo de años de aflicción, y era un piadoso siervo del Señor su Dios. Una noche, mientras dormía, el piadoso y fiel rabí Eisik tuvo un sueño; el sueño le ordenaba que se dirigiese a Praga, la lejana capital bohemia, donde descubriría un tesoro oculto, enterrado bajo el principal puente que conducía al castillo de los reyes bohemios. El rabino se sorprendió, pero dejó el viaje para más tarde. Sin embargo, se repitió el sueño otras dos veces. Tras la tercera llamada, lió los bártulos valerosamente y se puso en camino. Al llegar a Praga, el rabí Eisik se encontró con que había centinelas en el puente, y que lo custodiaban día y noche; así que no se atrevió a cavar. Se limitó a ir cada mañana a merodear por el lugar hasta el anochecer, mirando el puente, observando a los centinelas y estudiando discretamente la albañilería y el suelo. Por último el capitán de la guardia, extrañado ante la persistencia de este anciano, se acercó a él y le preguntó cortésmente si había perdido algo, o quizá esperaba la llegada de alguien. El rabí Eisik le contó con sencillez y confianza el sueño que había tenido. El oficial se echó hacia atrás con una carcajada. -¡Mi pobre amigo!, ¿de verdad? -dijo el capitán-. ¿y has gastado tu calzado viniendo hasta aquí por un sueño? ¿Quién en sus cabales creería en un sueño? Pues te voy a decir una cosa: si yo creyese en los sueños, ahora mismo estaría haciendo exactamente al revés. Habría hecho la misma peregrinación que tú, sólo que en dirección contraria, aunque sin duda con el mismo resultado. Deja que te cuente mi sueño. Era un oficial amable a pesar de sus fieros bigotes, y el rabino sintió simpatía hacia él. -He soñado -dijo el oficial de la guardia, bohemio, cristiano- que una voz me hablaba de Cracovia, y me ordenaba que fuese allí y buscase un gran tesoro que había en casa de un rabino judío llamado Eisik, hijo de Jekel; que encontraría el tesoro enterrado en un sucio rincón detrás de la estufa, ¡Eisik, hijo de Jekel! -volvió a reír el capitán con los ojos chispeantes-. Imagínate: ir a Cracovia… y ponerme a derribar las paredes de todas las casas del ghetto: porque la mitad de los hombres se llamarán sin duda Eisik y la otra mitad Jekel! ¡Eisik, hijo de Jekel, nada menos! -y siguió riéndose de esta broma maravillosa. El modesto rabino escuchó con atención; luego, tras una profunda inclinación, y dar las gracias a su desconocido amigo, emprendió a toda prisa el largo regreso a su casa, cavó en el rincón abandonado de la estufa, y encontró un tesoro que puso fin a su miseria; y con una parte del dinero, erigió una casa de oración que aún hoy lleva su nombre. Así, pues, no está lejos el tesoro que pone fin a nuestra miseria y nuestros agobios. No hay que buscarlo en ninguna región lejana; está enterrado en nuestra propia casa, o sea, en nuestro propio ser. Se halla detrás de la estufa, detrás del centro que da calor y vida a la estructura de nuestra existencia, en lo más recóndito de nuestro corazón… con tal que podamos cavar. Pero lo cierto es que sólo después de un viaje fiel a una región distante, a un país extranjero, a una tierra extraña, se nos puede revelar el significado de la voz interior que debe guiar nuestra empresa. Y junto con este hecho persistente y singular hay otro, a saber: que quien nos revela el significado de nuestro mensaje interior ha de ser un desconocido, de otro credo y de una raza extranjera. El capitán bohemio del puente no cree en las voces interiores ni en los sueños; sin embargo, revela al desconocido llegado de lejos el mensaje que termina con sus tribulaciones y da cumplimento a su búsqueda. Tampoco hace esto de manera intencionada; al contrario, entrega el trascendental mensaje de manera inadvertida, al hablar especialmente del suyo. Los mitos y símbolos hindúes, y demás signos remotos de la sabiduría, nos hablarán así exactamente de nuestro tesoro. Después deberemos desenterrarlo del rincón olvidado de nuestro ser. Ese tesoro pondrá fin a nuestras tribulaciones y nos permitirá erigir, para beneficio de los que tenemos a nuestro alrededor, un templo al espíritu vivo. Heinrich Zimmer: Mitos y símbolos de la India (Siruela)Powered by Qumana