Image via WikipediaLlevo una temporada interesado en la vida (tanto personal como intelectual) de Gerbert d’Aurillac, más conocido como Silvestre II, el Papa del año mil. Pero mi interés por este personaje histórico no viene por el hecho de que llegara a ser Papa; aunque fuera esta una cuestión interesante, no deja de ser secundaria (fue nombrado Papa por Otón III en una época en que los emperadores germanos ejercieron una gran influencia sobre Roma, en detrimento de las familias patricias de dicha ciudad). Tampoco por la leyenda que siempre le ha perseguido: fue considerado un mago que hacía pactos con el diablo.
Mi interés se debe a que Gerbert fue un gran intelectual, precursor de lo que se llamaría, un par de siglos después, el Renacimiento del siglo XII; porque, en efecto, no sólo hubo un Renacimiento en el “Quattrocento“, sino que esa Edad Media, considerada por los renacentistas italianos como una edad oscura y casi sin interés, es una época iluminada por la sabiduría de intelectuales como Gerbert. Por ello, estuvo durante 25 años ejerciendo como Maestrescuela en Reims (de 972 a 997, con un paréntesis entre el 981 y 983), donde revolucionó el curriculum docente de las siete artes liberales.
En este sentido, los saberes de Gerbert no sólo abarcan el trivium (gramática, retórica y dialéctica), sino también, y sobre todo, el quadrivium (las artes de los números): las siete artes liberales. Hizo sus primeros estudios en San Gerardo de Aurillac, abadía próxima al lugar de su nacimiento y marchó formando parte del séquito del conde Borell de Barcelona, que había acudido a venerar la tumba de San Gerardo, quien se percató enseguida de sus dotes intelectuales. Estuvo en Vic y en Ripoll tres años y aprendió, sobre todo en Ripoll, matemática, astronomía y astrología -al cuidado siempre de Hatton, director de la Escuela de Vic- cuyos temas abundaban en la gran biblioteca de dicho Monasterio. En este sentido, no debemos olvidar que en esos momentos eran los árabes los más versados en estos temas, siendo considerado el Califato de Córdoba como el centro intelectual más importante de Occidente en esa época (existe una historia -difundida por el cronista del siglo XI, Adhémar de Chabannes- que lo sitúa más allá de las fronteras catalanas, concretamente en Córdoba). Este hecho demuestra lo que sabíamos desde siempre: la permeabilidad de las fronteras por lo que se refiere a la cultura y al conocimiento.
En otro artículo continuaré hablando de este interesantísimo personaje.


