Bodas de Sangre en el María Guerrero

“El teatro es la poesía que se levanta del libro y se hace humana. Y al hacerse habla y grita, llora y se desespera. El teatro necesita que los personajes que aparezcan en la escena lleven un traje de poesía y al mismo tiempo que se les vean los huesos, la sangre. Han de ser tan humanos, tan horrorosamente trágicos y ligados a la vida y al día con una fuerza tal, que muestren sus tradiciones, que se aprecien sus olores, y que salga a los labios toda la valentía de sus palabras llenas de amor o de ascos”. Estas palabras de Federico García Lorca han sido citadas en muchas ocasiones, pero no sé si han sido siempre bien interpretadas. El teatro de Federico no es realista; incluso su Bernarda Alba que, en apariencia pudiera parecerlo, es una de las menos realistas. Y, sin embargo, he visto representaciones en la que lo fundamental de sus obras -su vertiente simbólica- queda totalmente oculto por lo anecdótico. En Lorca es fundamental darse cuenta de que para él la poesía era el mito, el cual adquiere vida (“se lenvata del libro”) mediante el rito (el teatro). Todo ello a modo de ceremonia religiosa pagana que hunde sus reíces en el inconscinte colectivo de la humanidad.
Lo anterior viene a cuento del estreno, el pasado mes de noviembre en el María Guerrero de Madrid, de Bodas de Sangre, dirigida por José Carlos Plaza.

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